BIOGRAFIA

    Ante la biografía, (es decir, a eso de contar la vida de uno) muchas veces, no sin cierta razón, se adopta una actitud de fastidio: al fin y al cabo, todos tenemos una vida o al menos vidita que se podría contar, pero no le vemos la gracia ni el motivo. Y sin embargo la biografía puede, por decirlo así, salirse de sí misma y reflejar no ya simplemente los azares de tal o cual fulano, de ti o de mí, sino algo que desvele las claves de una manera de entender las cosas y, entre ellas, lo que uno hace o deshace al hilo de la vida.

    A Orlis Pineda nunca le sobrevino urgencia alguna de “contar su vida”, mucho menos de que nadie la contara por él, entre otras cosas porque eso es lo que a cada paso hace en sus canciones y, aun más, en cualquier encuentro con conocidos o desconocidos donde, al hablar o cantar, se cuenta siempre de alguna manera la vida pasada, sea abiertamente o como por señales. Pero bueno, unos susurros de entre los retazos de una imposible biografía sí me animo a deciros, casi al oído.

    Allá por la Baracoa cubana y allá por los años setenta ni a Orlis ni a las gentes de esa tierra se les pasaba por la cabeza contar, menos aún escribir, su vida. Allí se vivía, precisamente, y al tiempo se aprendía, casi sin querer, a  tantear los ritmos, y más: a cantar las letras y las melodías que ya por ahí se oían desde, bueno, desde mucho tiempo atrás. Orlis jugaba, como los otros niños, y, entre otros, el juego era la música y la música un juego. Baracoa. Esquinita oriental de Cuba: tierra guajira, gente de campo, abierta, dulce, sin demasiados tratos con el dinero o el progreso. La Habana quedaba muy lejos. Pocos la visitaban, siquiera una vez. Tampoco él lo hizo hasta mucho más tarde: no había mucho empeño por tales andanzas entre muchachos rodeados de los ríos, las frondosas lomas y las playas que les verían crecer.

    A Orlis le cayó en suerte que le criara su abuela más que la propia madre, algo corriente en tierras donde eso de la familia, para bien de todos, está más diluído, menos severamente delimitado. Y de su abuela él sacó ya para siempre el amor por la vida y la ternura, el trato amable que cualquiera percibe al acercarse a él. A  Orlis también le cayó en desgracia el tener que irse a Angola, a la guerra que allí se libraba entonces. Quién sabe si hoy no tendríamos a Orlis aquí entre nosotros de no haber tenido que dar ese paso a paso militar, tan diferente de lo de contar, sin contar, los compases. Tres años en una guerra lejana y extraña, (todas lo son) marca, dicen, para siempre, y seguramente se dice con razón. Incluso algunos van más allá y dicen que  eso sirve para ver mejor la vida, para “madurar”, eso de que para llegar hay que sufrir. Es cierto que en Angola Orlis pudo acercarse a las gentes de allí, a su sonrisa, su amargura y su música. De hecho fue allí donde por primera vez agarró una guitarra. Pero nada, en fin, que no habría podido vivir de otro modo, sin el desastre colándose por cada resquicio. Nos guardamos muy mucho de decir que Orlis, o cualquiera, salió “fortalecido”, con más “experiencia” etc. etc. Salvó el pellejo, y salvó su bondad y su alegría. Salió ileso, nada más. Si algo bueno se llevó de allí no fue gracias a la guerra, sino a pesar de ella.

 

 

    Y  bueno, la vida de Orlis es, claro, política, aunque decir eso sea más bien una perogrullada, que es que toda vida, todo lo que se va haciendo al hilo de los días, es al fin política, política de la de verdad, no la de los políticos. Pero como eso esta más que desgranado en sus canciones, sean de amor o de guerra (que el amor, no sólo la guerra, también es política) aquí me callo y que hablen ellas.

    En todo caso aquí hoy está Orlis contigo, conmigo: aquí, subido a un escenario, charlando en una esquina de Vallecas, cantando por las buenas en un parquecillo. Salud Orlis, que el cielo te bendiga.

Felipe Llorente